Capítulo 2. Fede
Cuando Fede entró gritando:
—¡Abuelaaaa, traigo ensaimadas!
De pronto sentí que el nudo que me llevaba días ahogando se convertía en otra cosa. Era como si un abrazo fuerte me apretara el pecho, pero en vez de doler, me dejara respirar. Al verla ahí, de pie en la cocina, con esa energía desbordante, empecé a llorar.
—¡Pero abuela! ¿Qué te pasa?
—Ay, niña… es que no puedo. ¡No puedo! Me duele mucho.
—Pero ¿qué ha pasado?
—Lo de esos niños, Federica… me desgarra el alma.
Creo que mi nieta jamás habría imaginado cómo el inicio de ese infierno, en
un país tan lejano al nuestro, podía afectarme así. Los jóvenes piensan que los
mayores no nos enteramos, que son ellos los que tienen que defendernos y salir
a la calle a gritar.
Lo que nunca se le pasó por la cabeza es que yo también tuve veinte años, y de
la misma manera abrazaba a mi abuela en otros tiempos.
—Ya, abuela, duele mucho el mundo ahora mismo. ¡Es tan heavy esto que está
pasando!
—Ay, qué dolor, niña.
Fede se quedó mirándome, esperando a que yo dijera algo más, pero no pude pronunciar palabra.
—¿Y el abuelo?
—Está afeitándose. ¡Es más burro! Ni un abrazo me dio, y mira que lloré ayer
por la noche. Ni pizca de humanidad tiene. "¡Cambia de canal!", me decía. ¡Ay,
qué disgusto, niña! ¡Qué disgusto!
—Va, abuela, anímate. ¡Que te he traído las ensaimadas que te gustan!
Aquella mañana desayunamos en la cocina: el canto de los jilgueros del vecino sonando de fondo, el aroma a café recién hecho y el crujido de las tostadas que Antonio había preparado.
Las risas de nuestra nieta llenaban el aire mientras nos enseñaba unas fotos de su último proyecto en Bellas Artes. Habían tenido que hacer un retrato colectivo de sus compañeros… pero en vez de caras normales, cada uno debía dibujar la cabeza de su compañero como si fuera un animal. Su amiga Claudia la había pintado con cabeza de pato y un bigote enorme, y Fede no podía parar de reír.
Antonio resoplaba con incredulidad, pero yo no podía contener la risa junto a ella. La mesa estaba cubierta de migas, el café humeaba y el azúcar glas de la ensaimada casi nos hizo atragantarnos mientras reíamos y mordíamos a la vez. En una de esas carcajadas, un soplido de aire lanzó una nube blanca que cayó entera sobre las gafas de Antonio. ¡Ay, Dios mío! Verlo parpadear detrás de aquellos cristales empañados de azúcar fue demasiado: Fede y yo nos doblamos de la risa, con lágrimas en los ojos, y os juro que casi nos orinamos encima.
Entonces, de golpe, el silencio. Nos quedamos mirándonos los tres, con la respiración entrecortada, sorbiendo café para deshacer el nudo de ensaimada en la garganta. Y fue justo en ese instante cuando me di cuenta, aun sin quererlo, de que la vida seguía igual. El mundo rodaba, aunque a 3000 km había comenzado un genocidio que cambiaría la historia moderna sin darnos tiempo a reaccionar.
—¿Abuela, esa kufiya es tuya? —preguntó, rompiendo el silencio, sorprendida, mirando al respaldo de mi silla donde la había dejado caer.
La miré con una sonrisa agridulce, mientras me la volvía a colocar sobre
los hombros. Ella llevaba la suya puesta también.
—¡Qué guay eres, abuela!
El desayuno acabó, Federica se fue con las amigas de compras por Barcelona y yo puse el piloto automático. Hice las camas, pasé el aspirador, fregué el suelo, fui a comprar, preparé la comida… y a las dos en punto nos sentamos a la mesa, de nuevo Antonio y yo, solos, con el Telenoticias de fondo.
Y ahí estaban otra vez: los niños cubiertos de polvo, las madres con las manos al cielo, los gritos que ya no necesitaban traducción. Sentí que algo se rompía dentro de mí, como si cada día me fueran arrancando un trozo de corazón.
¿Va a ser siempre así? ¿Voy a tener que dejar de ver las noticias para poder seguir respirando? ¿Es posible que un corazón se rompa un poco más cada día y aun así siga latiendo?
Y, como un susurro muy lejano en el fondo de mi mente, apareció una idea
fugaz, flotante, quizás absurda… ¡qué sabía yo!
¿Y si, de alguna manera, pudiéramos ayudar?
Antonio empezó a roncar en el sofá. Yo no podía dejar de dar vueltas a todo
aquello.
¿Cómo podría ayudar? No puedo quedarme de brazos cruzados…
Pero cada ronquido me sacaba de mi estado de pena, cada ronquido me
recordaba cuál era mi lugar: cuidar de la casa, de Antonio, de mis hijas y de
mis nietas, y seguir con mi vida.
"¡Ya lo harán los más jóvenes!", pensé.
Seguro que hay mil ONG que pueden ir allí a darles comida y agua.
No creo que dure mucho.
—¡Venga, Maricarmen! Respiiiiiira, mujer… va, intenta dormir —me repetí en voz baja tres, cuatro o cinco veces, hasta que el agotamiento pudo conmigo.
