Capítulo 3. Una tristeza distinta
Antonio seguía en el
sofá, como si el mundo no le importara más allá de rascarse la barriga y
bostezar interminablemente. Con los ojos aún entreabiertos, me lanzó una de
esas miradas que hablan sin necesidad de pronunciar palabra.
—¿Otra vez las noticias? —dijo, arrugando la frente—. ¿A estas horas? Voy a
poner el tenis, Maricarmen. Que estás siempre dramatizando, mujer. ¡Qué
amargura!
Me levanté y por mi cabeza pasó la imagen de estamparle la sartén contra toda su cara. Por no hacerlo, ya que por muchas ganas que tenga, soy buena mujer, intenté concentrarme en la cocina, en la lista de la compra, en cualquier cosa que me quitara de la cabeza las ganas de darle ese sopapo y, sobre todo, que me liberara de esa presión, de ese peso en el pecho.
Me senté en la silla de la cocina, frente al horno apagado, incapaz de apartar la vista. Mirando a la nada —"empanada", como diría mi nieta—. Pero no, no estaba empanada. Cada lágrima, cada grito de aquellas noticias se me había metido en la cabeza, en el corazón o en el alma, ¡qué sé yo! Y me atravesaban como un rayo que te fulmina en milésimas de segundo al caer. Y Antonio seguía ahí, riéndose en silencio, burlándose de mi preocupación sin mover un dedo. "Exagerada", me llamaba una y otra vez, como si eso pudiera apagar la rabia que me subía por la garganta. ¡Sartenazo que le daba, coño!
Y yo me preguntaba, en voz baja, sin atreverme a romper el silencio: ¿cómo puede alguien vivir así y no sentir nada? ¿Cómo puede mirar y seguir actuando como si esto no le tocara? Y, obviamente, me formulé la peor de las preguntas, que como un click nunca más dejó de estar en mi cabeza: ¿Qué narices hago yo con un hombre como éste? Me recordaba al verdulero de la película Amélie, que decía: "Usted nunca será una hortaliza, porque incluso las alcachofas tienen corazón".
Esa tarde tenía una merienda con mis amigas. "Las espías del barrio" se llamaba nuestro grupo de WhatsApp. Cada tres o cuatro días jugábamos al Rummie, y nuestras tardes se convertían en momentos de risas y de ratitos solo para nosotras. Criticábamos a los maridos, nos poníamos al día de los cotilleos, hablábamos sin pelos en la lengua, de lo mucho que los hijos nos estrujan por cuidar de los nietos y de lo mucho que adoramos cuidar de ellos...
Pero aquella tarde era diferente. Al menos mi alma estaba diferente. Sentía que no estaba en paz. Normalmente, si me peleaba con Antonio, por muy triste, removida o cabreada que estuviera, estar con ellas transformaba cualquier sentimiento en risas burlonas o abrazos amables. Os juro que a veces hasta algún escape de pipí podía haber cuando las carcajadas se pasaban de la línea de seguridad. Un jajjajaja está bien, pero un jajajajjajaajjajajaajajaja era peligroso. Y también gracioso y totalmente lleno de maravillosa vida.
Pero esta vez, sin embargo, no llegaba con una tristeza normal que podría irse con un mal chiste. Ese día mi tristeza era distinta. Me daba hasta vergüenza explicarla. Como si hubiera algo demasiado grande, demasiado urgente, demasiado fuera de mi alcance, que no pudiera compartir ni siquiera con ellas.
Mientras reía con los comentarios de mis amigas, una parte de mí no dejaba de mirar el móvil, aunque solo para revisar la hora o algún mensaje. Sin darme cuenta, sentí un escalofrío: había algo allí afuera, algo que se estaba moviendo más rápido que mi capacidad de asimilarlo. Una sensación de que lo que estaba viendo en la televisión no era solo información… era solo la punta de un iceberg que todavía no podía tocar.
Y fue en ese momento
cuando hice una pregunta que, sin darme cuenta, me llevaría a un punto de no
retorno.
—¿Chicas, alguna de vosotras tiene esa aplicación del
móvil… Inztgam o algo así?
