Capítulo 3. Una tristeza distinta
Antonio seguía en el sofá, como si el mundo no le importara más allá de rascarse la barriga y bostezar interminablemente. Con los ojos aún entreabiertos, me lanzó una de esas miradas que hablan sin necesidad de pronunciar palabra.
—¿Otra vez las noticias? —dijo, arrugando la frente—. ¿A estas horas? Voy a poner el tenis, Maricarmen. Que...